La rama que cambió los viernes

Antero paseaba por el bosque, presumido y con ganas de molestar a Colín, como cada viernes.

—¿Dónde andas, ratita? Hoy no te he visto.

Colín, el tlacuache, que había estado trabajando todo el día recogiendo manzanas y nueces, solo quería disfrutar del atardecer y preparar su merienda.

—¿Ya comiste, ratita? —murmuró Antero.

Colín tuvo que levantarse de su camita de hojas para salir a esconderse en su tronco.

Hoy nada me molestará. Antero no va a perturbar mi paz, exhaló con calma Colín.

Antero, sigilosamente, escuchó de dónde provenía el crujido del pasto y rápidamente identificó dónde estaba Colín.

—Tendrás que darme tus manzanas, Colín. Recuerda que hoy vienen todos mis amigos y, si no quieres una paliza, me darás todo lo que tienes.

Colín, que no quería pelear, salió de su tronco para poder dialogar. Sabía que Antero y su pandilla serían capaces de molestarlo hasta golpearlo, y él lo único que quería era tomar un baño en el río, descansar y comer tranquilamente.

—¿Te crees mucho, ratita? Tan trabajador, pero tan feo. Yo, en cambio, tan guapo, tan enigmático. Todas tus ratitas mueren por mí, todas me regalan sus frutitas. Con solo hacer mi voz de Batman y despegar el pasto con mi hermosa y peluda cola, todas, absolutamente todas, sucumben ante mi seductor antifaz —presumió Antero.

Colín, que sabía bien que Antero era un engreído, soltó una risita.

—¿Te burlas? Ya verás cuando lleguen todos —gritó Antero.

La pandilla de mapaches llegó y empezaron a emboscar a Colín. Sabían que tenía pavor por el Guardia del Bosque, así que comenzaron a chillar para hacer ruido.

En eso estaban, entre chillidos y silbidos, cuando un estruendo estremeció el bosque. Los pájaros salieron volando, un tronco crujió y una rama seca cayó sobre la pandilla.

Antero brincó y salió llorando. Colín se acercó para revisarlo; afortunadamente, solo tenía un raspón en su colita.

—¡Rápido, Antero! ¡Tenemos que ayudar a tus amigos! —gritó Colín.

Antero no sabía qué hacer. Estaba paralizado del miedo; nunca se había sentido tan inútil.

Colín sacó todas sus tablitas y muebles de su tronco y empezó a armar una especie de pala.

—Antero, ¡tienes que ayudarme! Tus amigos están lastimados. Si no los sacamos pronto de ahí, morirán.

El tronco crujía y parecía que más ramas estaban por caer.

Antero finalmente despejó su cabeza. Entre los dos pudieron hacer palanca para alzar la rama y, por fin, liberar a la pandilla de mapaches.

A partir de ese día, Antero y Colín se reúnen cada viernes. Cuentan la historia de la rama y encienden una fogata con la madera de aquella rama rota.

Antero ya no presume su antifaz ni su voz de Batman. Ahora escucha más de lo que habla y, cada vez que alguien se burla de otro en el bosque, recuerda cómo el tlacuache al que molestaba fue el primero en ayudarlo cuando más lo necesitaba.

Desde entonces comprendió que, a veces, quien parece débil es quien tiene el corazón más fuerte, y que la bondad puede cambiar incluso al más orgulloso.

14 comentarios

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“… quien parece débil, es quien tiene el corazón más fuerte.” Gran lección!! Excelente cuento, atrae la atención de principio a fin! Maravilloso Myr!

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