Serena

Serena abre la puerta y cruza el umbral. Viene cansada de bailar y fingir. Cuelga en el perchero la bolsa y la sonrisa. Se siente demasiado agotada para preparar algo de cenar. Toma lo primero que encuentra en la alacena y se sienta frente al televisor apagado. Come cereal como si fueran palomitas de maíz, cualquier alimento es válido para engañar al estómago por un rato.

Deja la caja de cereal en la mesa de centro, se dirige hacia la habitación. Es increíble que esa habitación tan amplia y luminosa pueda sentirse estrecha y oscura. Avienta la ropa y desnuda se acuesta en la cama. Solo la sensación de las sábanas en su piel parece calmarla un poco, piensa que aún hay partículas de él en ellas y eso la reconforta, se imagina que Camilo la abraza, como todas esas noches en que conciliaba el sueño al escuchar el ritmo de su respiración. Eso fue antes, en otra vida y ella era otra mujer.

Camilo se fue hace diez meses, partió lejos a un lugar sin retorno, la muerte. Así de definitivo. No quedó la esperanza de una llamada o un mensaje, nada. Ella vio como se golpeó en la cabeza, el cinturón de seguridad no fue suficiente para detener el impacto, todo pasó tan rápido. Piensa que es absurdo que el ser humano se sienta invencible cuando realmente es tan frágil. Trata de conciliar el sueño, ese sueño tan anhelado, efímero e inalcanzable. Se da por vencida y toma los audífonos que tiene en la mesita de noche, reproduce la lista de música relajante esperando un poco de calma que le permita descansar, solo esta noche, solo hoy.

Serena cae en un duermevela —así dice su mamá— es la sensación de estar dormida y a la vez consciente, cuando derrepente siente su presencia, y piensa:—¡No por favor! ¡Hoy no! — Sin embargo está demasiado cansada para abrir los ojos y encender la luz, la luz es lo único que ahuyenta a la negrura, no encuentra otra manera de llamarla, no es una sombra, pues la sombra necesita luz, y esto es algo totalmente diferente, algo oscuro,  completamente negro. Fue necesario ponerle un nombre, pues de esa manera es consciente de que noche a noche algo la visita, que no está volviéndose loca. 

La negrura se mete por debajo de la puerta o por el mínimo espacio que queda en el marco de la ventana, no viene de un solo lugar, llega invadiendo todo el espacio y ve desde arriba como Serena duerme inquieta, sabe que la espera, que la siente y le teme, eso la llena de satisfacción, por eso vive, el miedo la alimenta. Serena es una fuente inagotable desde que Camilio murió, por eso la visita.  

Serena permanece acostada, la negrura la envuelve en un abrazo gélido, le murmura al oído toda clase de desgracias y escenarios catastróficos, la hace recordar cada momento del accidente, le hace preguntas: —¿Por qué sobreviviste? ¿Vale la pena vivir? ¿Por qué murió Camilo? —

Serena lucha, trata de pensar afirmaciones positivas, recordar momentos alegres, cantar canciones con la mente, rezar un Padre Nuestro, al Ángel de la Guarda, recitar mantras, más la negrura es muy fuerte.

De repente la negrura se coloca encima de ella, aprisiona su pecho dejándola sin aliento, la paraliza. Serena solo puede abrir los ojos, sus piernas y brazos están pegados a la cama, trata de gritar y no puede, intenta otra vez, y una más, hasta que desde lo más profundo de sus entrañas sale un grito lleno de tristeza y dolor, en cuanto escucha su propio grito la negrura se dispersa y desaparece gradualmente. 

Empapada de llanto y sudor respira agitada, se levanta, abre la puerta del balcón y mira como el sol sale una vez más, piensa que es un descarado al salir cada mañana triunfante y lleno de luz. Diez meses son muchos, le espera toda una vida sin Camilo y con la negrura, no cree soportarlo, necesita sentirse nuevamente libre para bailar por gusto y no por obligación. Sube lentamente al barandal y bailando ligera se deja llevar por el viento. 

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