Esas tardes cuando decido no salir a la calle, después de unos días con la agenda llena de cosas. Una tarde en blanco. Qué maravilla. No haré nada, no saldré al tráfico, no tocaré la computadora. Estaré reposando, leyendo, pensando, abrazando a los perros.
Pero ah no… no ha pasado ni una hora y ya estoy piense y piense que estoy aburrida. Mi mente empieza a inventar qué hacer.
Puedo pintar la caja de tés,
de paso estrenar mis acrílicos que reposan desde hace tres meses.
O puedo hacer alguna receta para comer algo dulce y sano.
O puedo sacar todo del clóset y reacomodarlo más padre: por colores, por temporada, por tamaños.
Puedo mover las plantas de la jardinera —las del jardín no,
porque no tengo la pala indicada para sacar bien las raíces.
Pero las de la jardinera sí,
esas las puedo reacomodar con mi palita favorita.
También podría buscar las fotos que quiero colgar en la pared de la tele, esa que lleva casi cinco años esperando.
En fin, mi mente empieza a inventar y buscar qué hacer.
Bastaría con que camine un poco dentro de la casa
para enfrascarme en alguna misión improvisada.
Me resisto. Dije que no haría nada.
Me resisto a ver alguna serie, y hoy ya leí bastante.
Veo la computadora.
Mi resistencia no duró ni un suspiro.
Abro una hoja de Word y empiezo a teclear.
Escribo lo que pienso,
y enseguida tengo ganas de borrar para escribir algo más interesante.
O interrumpir el texto para irme a la cocina,
o irme a pintar, o irme al jardín.
Creo que no hay nadie en casa.
Ni siquiera sé dónde están los perros.
Desde mi cuarto solo escucho los pajaritos
y los motores de la avenida a lo lejos.
Las teclas de la computadora presionadas por mis dedos
son el único ruido de la casa.
Bendita paz externa.
Ojalá mi mente se callara también.
¿Por qué pienso tanto en qué hacer, como si fuera malo estar sin hacer nada?
Pienso que me encanta mi gusto por hacer cosas,
por entretenerme a mí misma.
Descubro que me encanta crear.
Me genera alegría.
Producir. Hacer. Inventar.
Con comida, con pinturas, con plantas, con letras.
Acomodar, decorar, componer.
Pero dije que no haría nada.
Me recuerdo que atesoro estos espacios donde no tengo que hablar con nadie.
Donde estoy conmigo,
sin explicaciones, sin palabras,
solo el murmullo de mi mente y el silencio como abrigo.
Entonces me río de mí por dentro.
Porque claro, ahí voy otra vez… armando planes con tal de no quedarme quieta y callada.
Pero también me gusta esta parte mía que inventa, que propone, que se emociona.
Me gusta descubrirme inventora de tardes, de objetos, de recetas, de juegos.
Hoy tal vez lo haga.
O no.
Tal vez solo me quede así, escuchando el silencio,
dejando que el tiempo me pase por encima sin exigirme nada,
dejando que la nada me cargue de energía.
Si de pronto me aburro, también está bien.
Porque aburrirse es a veces solo una pausa antes de arrancar.