7 km

7 km

Hay un lugar particular en mi ciudad que acostumbro visitar con cierta frecuencia.
Conozco el área casi a la perfección.
Me gusta iniciar por la parte amurallada, le sigue la playa donde gobierna un faro sin luz, después el muelle, la zona de lanchas, cada cual bautizada con un nombre que está pintado a mano en las amuras: La Sirena, Milagros, Lolita y la Gaviota.
Todas amigas mías.

Más adelante está el puente que cruza los residuos de lluvia que bajan de los cerros.
Luego una extensa planicie habitada por toda clase de pájaros que se han apropiado de la orilla.
Más allá las jacarandas, señoras bien vestidas que engalanan el lugar.
Hasta llegar a la zona boscosa, donde duermen las vías del tren.
Todo el recorrido suma 7 kilómetros, número perfecto, mágico, poderoso.

Soy una cuando empiezo mi caminata, soy otra al final.
Una especie de alquimia une mi parte terrenal con lo espiritual.
De pronto tengo paz y encuentro respuestas a las inquietudes del día.
Rodear la presa con mis pequeños pasos me lleva al presente. Ese lugar que poco visitamos por andar de prisa.
Es mi manera de orar. De ir hacia adentro.
Me refugio en el silencio, en las ondas que se pintan en el agua, en el revoloteo de las golondrinas.

Conozco la hora exacta en que se asoma el sol y el sitio donde le gusta esconderse al final del día.
Sé también donde está mi norte y mi sur.

A veces cuando baja el nivel, justo enmedio del gran círculo de agua puede verse una cruz arriba de la troje de la exhacienda del Palote.
Dicen que la mandó colocar un Arzobispo en tiempo de sequía.

Un recordatorio de que la esperanza siempre sale a flote en cualquier desierto.

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