El monedero

Click, clack, escucho detrás de mi. Volteo, me encuentro con una señora grande, parece abuelita. Ella no me ve porque está absorta observando sus manos que abren y cierran su monedero. Es parecido al que mi abuela tenía y que la acompañó a lo largo de su vida. De ahí sacaba monedas para regalarnos a los nietos, más adelante se convirtió en dulcero, los caramelos con pasas fueron su nueva manera de consentirnos. 

Tutuuu” el ruido del tren me saca de mi ensoñación. Subo y tomo mi asiento, la viejita sube detrás de mi, se sienta a un lado mío. Ahora si me ve, me regala una sonrisa de esas que sólo la gente grande es capaz de manifestar. Por primera vez en este viaje dejo de sentirme sola, el recuerdo de mi abuela llega como una ola, décadas atrás  hizo el mismo viaje que ahora hago yo, a Brujas en Bélgica. 

Ella viajó por necesidad,  yo lo hago por placer. A mi abuela le ofrecieron trabajo unos amigos de la familia en un taller de bordado, lejos de su Italia amada. Yo dejé en Roma a mis amigos con quienes organicé este viaje para visitar esta ciudad. 

Mi abuela hacía magia con los hilos de colores, su talento era tan grande que, muchas veces, en lugar de zurcir los calcetines que le encargaba su mamá les bordaba pequeñas obras de arte. Yo, tejo con estambres de palabras historias y versos, con ellos, a veces, toco el arte de crear. 

 Antes de partir, su madre le regaló un monedero bordado con flores verdes sobre tela color café, ahí guardó su primer boleto al mundo. Yo tengo un mundo gracias a mi madre, me impulsó a vivir y, sobretodo, a organizar este viaje. Ella sabía que me ayudaría a entender el mar de ideas que galopan desbocadas sin dejarse retener  en papel. 

Con el tiempo,  mi abuela le agregó a su monedero dos pajaritos amarillos, siempre los acariciaba con sus dedos y recitaba “…Cuando aún no había flores en las sendas porque las sendas no eran, ni las flores estaban; cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas, ya éramos tú y yo”. Nunca nos quiso revelar a quién le recordaban. 

Yo tampoco revelaré lo que de verdad me trajo aquí. …”Los caminos que seguiste, hoy me señalan el mío. Aunque jamás sabrás que te llevo conmigo, como una lámpara de oro para alumbrarme el camino. Ni que tu voz aún traspasa mi alma. Suave antorcha tus rayos, dulce hoguera tu espíritu. Aún vives un poco porque yo te sobrevivo.». Me aferro a este fragmento del poema de Marguerite Yourcenar como mantra. Ahora se que el verso que mi abuela recitaba de la misma manera pertenece a un poema titulado Amorosa raíz. 

Ella tenía sus secretos bien bordados en el corazón y en la memoria. Yo los escucho gritarme en silencio desde una memoria ancestral. 

El trayecto dura unas cuantas horas. Bajo del tren, dejo que la viejita descienda primero. Emprende su marcha, no puedo dejar de verla alejarse. Se frena, voltea a verme, saca su monedero del suéter y me regala un saludo alzándolo en el aire con una mirada complice. Como si supiera, como si me leyera el pensamiento. Como si fuera la llave que cierra la brecha entre mi abuela y yo.   

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