Esclavos y esclavistas

“La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos.”

Colson Whitehead (El ferrocarril subterráneo)

Leo la última parte de El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead.

Nunca había leído una novela histórica sobre la esclavitud en Estados Unidos. Lo que descubro es aterrador, ese sentimiento se intensifica cuando investigo más sobre el tema. Tantas cosas que pensé que eran ficción se vuelven aún más crueles al saber que, en la realidad, fueron peores.

No quiero extenderme hablando de tanta masacre, pero no puedo dejar de mencionar que el país del Sueño Americano fue construido, y se mantiene en pie, siendo la pesadilla de miles de millones de personas que fueron despojadas de sus tierras, secuestradas de su país de origen y obligadas a trabajarlas. Me refiero tanto a indígenas como a africanos y latinos. Así que deberíamos pensar qué tan virtuoso es un sueño alcanzado a costa de la dignidad de otros.

Conforme avanzo en la lectura, mis pensamientos brincan de una reflexión a otra, hasta llegar a nuestros días.

¿Qué tanto está abolida la esclavitud o qué tanto se ha afinado y perfeccionado para adaptarse a la vida moderna?

Somos esclavos del reloj, nuestra agenda se rige por horarios y rutinas que dan la sensación de estar avanzando, pero realmente corremos en una rueda de hámster, viviendo la ilusión de acercarnos cada vez más a “algo” que, a veces, ni siquiera podemos nombrar. Vivimos esclavizados al celular, como si lleváramos fríos grilletes. Vemos, casi anestesiados, infinidad de reels que nos hacen sentir que el mundo cabe en la palma de la mano, pero basta con perder el aparato de vista un minuto para darnos cuenta de que es el mundo el que nos tiene a nosotros entre sus manos.

Vivimos esclavizados en trabajos con jornadas desdibujadas, porque mientras más rápido se conteste ese correo o se entregue esa propuesta, más eficiente se es. Mientras más guapos, sanos y felices nos mostremos más admirables parecemos. No nos quejamos, porque al mismo tiempo estamos obsesionados con vivir en “bienestar”, un concepto que se ha ido tergiversando a conveniencia de quienes imponen estilos de vida imposibles.

A la vez, somos esclavistas. En algún momento tenemos gente a nuestro cargo, la señora que hace el aseo, los vigilantes de la colonia, los obreros de nuestras fábricas. Debemos preguntarnos qué tanto somos justos y qué tanto aprovechamos la posición en la que estamos. ¿Somos capaces de ver al ser humano que habita esos puestos o solo los vemos como herramientas para conseguir un fin? No olvidemos que mucha de la ropa que consumimos está hecha por manos, muchas veces infantiles, a cambio de un sueldo que calma consciencias pero es inservible para vivir una vida digna. 

Aunque muchas cosas las hemos trabajado y ganado con el sudor de nuestra frente, otras tantas nos han sido dadas por la simple fortuna de haber nacido en determinado lugar, dentro de cierta situación económica, con genes que nos dieron una piel que se ajusta a la norma y un cuerpo que funciona.

Somos consecuencia de miles de millones de decisiones tomadas mucho antes de que naciéramos, y, a la vez, somos responsables de las consecuencias que provocan nuestros propios actos.

Por otro lado, somos quienes forjamos los barrotes de nuestras jaulas, porque la esclavitud también es mental. Hace siglos se vivió como un sometimiento físico y obligatorio, pero, así como las generaciones nacidas siendo esclavas vivieron con creencias limitantes, llenas de dolor e injusticia, ahora ese mismo sistema, además de decirnos qué tipo de personas valen menos o más, nos flagela con látigos menos visibles; los deber ser, cubrir expectativas y “el qué dirán”. Claro que eso genera frustración y rencor social, pero esta maquinaria perfecta ya logró que la mayoría los descarguemos en silencio, dentro de nosotros y en contra de cada uno.

Me releo y creo que sueno un poco fatalista, no es mi intención. Lo que busco es llevar a la reflexión un tema que sabemos que ocurrió, pero que creemos haber superado como humanidad. La verdad sea dicha: no hemos dejado de ser esclavos, ni de ser esclavistas.

Pero así como en aquellos años existió gente rebelde que decidió oponerse al sistema, ya fuera escapando o ayudando a otros a escapar, hoy también hay personas con juicio crítico. Y aunque no podamos doblegar al sistema de un solo golpe, y, en muchas ocasiones, nos dejemos embelesar por él, sí podemos ir mermándolo poco a poco, cuestionándolo y reflexionando sobre nuestro propio actuar.

15 comentarios

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Que fuerte corazón, pero es una realidad de este sistema en el cual vivimos. Es una esclavitud de todos los sistemas y, funciona en todo el planeta en todos los niveles sociales.

Muy buena reflexión. Analicemos qué de nuestras vidas nos “esclaviza” y tratemos de cambiarlo, así mismo, la relación con la gente que nos apoya en el día a día.

Te leo y pienso, cuanto de mi vida es realmente justo??? De verdad que este mundo necesita mucha generosidad y compasión para equilibrar la balanza tan injusta para tantos. Muy buen artículo!

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