El búho y el halcón

—Llegas siempre demasiado tarde —dijo el halcón, sacudiendo las alas—. Cuando decides, la vida ya pasó.

—Y tú siempre demasiado pronto —respondió el búho desde su rama—. Confundes impulso con claridad.

El halcón cazaba de día.
Rápido, directo, lanzándose desde lo alto con precisión.
El búho, en cambio, esperaba la noche.
Observaba en silencio, escuchaba el movimiento mínimo
y solo entonces descendía.

Vivían en el mismo valle:
los mismos árboles altos, las mismas laderas abiertas,
los mismos conejos corriendo entre pastizales.
Compartían el territorio, pero no el tiempo.

Solo se encontraban cuando el cielo dudaba:
en el amanecer y en el atardecer.

—Hazlo como yo —insistía el halcón—.
Hay que lanzarse, no lo pienses tanto. De tanto pensar no haces nada.

—No —decía el búho—.
Primero se mira. Luego se actúa. Eres un desesperado.

Cada encuentro terminaba igual.
Discutían, se acercaban demasiado
y acababan atrapados con las garras en el suelo,
luchando más entre ellos
que contra la vida.

—¡Suéltame! —gruñía el halcón, furioso—. Me estás frenando.
—¡Suéltame tú! —respondía el búho, ya fastidiado—. Me estás empujando.

Mientras peleaban, el conejo se alejaba sin prisa.

Una tarde, exhaustos, el búho habló distinto:

—¿Te has dado cuenta —dijo— de que nuestras alas son extraordinarias,
y aun así las desgastamos
en la obsesión por corregir el vuelo del otro?

El halcón guardó silencio.
Miró el cielo, vio al sol esconderse
y sintió algo nuevo:
el descanso de no tener que demostrar nada.

—Tal vez —dijo al fin— no se trata de quién tiene la razón,
sino de dejar de gastar fuerzas
en que el otro haga las cosas como yo.

Desde entonces siguieron siendo distintos.
No dejaron de pensar diferente.
Pero empezaron a compartir el valle sin pelearlo,
a cazar sin estorbarse,
a entender que había espacio para ambos.

Cuando el cielo se mezclaba,
ya no se lanzaban uno contra otro.
Se reconocían, se apartaban a tiempo
y guardaban las alas
para lo que de verdad importaba.

Y así descubrieron que vivir se siente más ligero
cuando no se desperdicia la vida
en discusiones que no llevan a ningún lugar.

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Cuánta verdad!
Fábula actual, que refleja nuestra forma de ser.
Procuremos ser tolerantes y respetuosos con la forma de ser y pensar del otro

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