La distancia no rompe el hilo

Ser mamá de un hij@ que decide volar lejos es aprender a vivir en la espera.
Esperas la próxima visita, la próxima llamada, el siguiente mensaje que aparece en la pantalla y que por unos segundos acorta la distancia.

Es vivir con el corazón dividido entre la alegría de verlos crecer y la tristeza silenciosa de no tenerlos cerca.

Es aprender a recibirlos sabiendo que pronto tendrás que despedirlos otra vez.
Entender que, aunque la casa familiar siempre será su casa, de pronto ellos se convierten en visita porque su vida ahora está lejos de ti. Y aun así, una parte de su hogar seguirá estando donde está mamá.

Es nunca acostumbrarse del todo a las despedidas.
Sentir que el tiempo compartido jamás es suficiente.
Atesorar cada comida, cada conversación, cada abrazo como si hubiera que guardarlo para los días largos de ausencia.

Es celebrar cumpleaños, logros y días difíciles a través de una pantalla.
Es aprender a sostener, contener y acompañar desde la distancia, confiando en que el amor también puede viajar por una videollamada, un audio o un “¿ya comiste?”.

Pero sobre todo, es confiar.

Confiar en todo lo que sembraste.
En los valores que inculcaste.
En las conversaciones, los cuidados, los límites y el amor que les diste mientras crecían bajo tu techo.

Porque llega un momento en que una comprende que los hijos no son raíces: son alas.

Y aunque duela verlos partir, también hay una inmensa satisfacción en saber que vuelan seguros, libres y capaces de construir su propia vida.

Tal vez de eso se trata la maternidad: de aprender a soltar sin dejar de estar.
De amar sin poseer.
De entender que la distancia jamás podrá romper el hilo invisible que une a una madre con sus hijos.

3 comentarios

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Que hermoso Macri. Asi va siempre esperando ese mensaje. Estoy bien!
Comí rico y sano. Como si no hubieran crecido.
Y al mismo tiempo verlos volar y uno volviendo a retomar las alas
Me encanto!!

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