Creo que perdí mi propósito, el rumbo. Ahora solo me dan las ganas de seguirte.
Toqué tu mano. ¿Qué pasó? No entiendo los sonidos de tu garganta. Apenas puedo escuchar tu voz. La luz que derramabas en cada mirada, que imitaba los rayos del sol entrando por la ventana, me parece tan distante. ¿Cómo puede haber un hueco tan grande en mi cuerpo? Te vuelvo a decir que todo va a estar bien, cuando sé que nada, absolutamente nada, va a estar bien.
La calle grita solo en silencio con el destello de luces rojas. No hay coches ni gente que me acompañe. Tu padre mira a lo lejos los pedazos de la motocicleta que quedaron esparcidos lejos de tu cuerpo. Desde una ventana se asoma la única persona testigo de tu trayecto. No quiere volver a vernos; su presencia es solo un firme deseo de que todo desaparezca.
Quiero que el tiempo regrese. Que tu rostro infantil anuncie tu llegada a casa. Que tu risa inunde el espacio. Tus bromas. Tus botas vaqueras entrando en el portal. El papelito pasando por el resquicio de mi ventana para pedirme permiso. Decirte que no, que es muy tarde, que no podrás salir el día de hoy.
Me culpo. Eternamente me culparé por escribir «sí», como una quinceañera respondiendo a tu petición. Tú, mi amor más hermoso. Tú, con tu manera de decirme que soy la mejor. Tú, con tu «nos vemos luego» desde la calle.
Hoy no quiero levantarme de esta cama que me permite soñarte, imaginarte mayor, padre, esposo, cuando sé que nada de eso llegará.
Tu hermana grita que le ayude con las tareas de la escuela, pero eso ya no tiene valor para mí.
Quiero vivir en el sueño recurrente que me lleva al momento exacto del beso que te di esa noche, el adiós definitivo, tu voz apagándose con el «te quiero, má».