Marisol y el mar

Estoy en el avión, sentada en el mismo lugar en el que iniciaste tu viaje. Dibujé en mi mente la forma de la isla. El paisaje es mucho más bello de lo que podía imaginar.

Tomé el desayuno que nos sirvieron, sin muchas ganas de comer, pero recordé que, al llegar, te adentraste en la playa y pasaron horas sin que probaras bocado. Mi mente solo piensa en recrear todo lo que hiciste.

El vuelo fue puntual. Solo un par de bolsas de aire me hicieron volver al momento presente. Tu voz… ese mensaje de voz.

Don Rafa pasó a buscarme en el jeep rojo, destartalado. Me sonrió con una expresión frágil. Tomamos el camino hacia la comunidad. La humedad me abrazó y sentí que me faltaba el aire. No sé si eran los nervios por llegar o el calor del verano que recorría todo mi cuerpo. El camino tampoco ayudaba: entre la maleza, los mosquitos y los bichos, sentía que los pulmones se derretían, fundiéndose con mi corazón.

Revisé el celular. Tal como me dijiste, pasaron treinta y dos minutos de camino. Don Rafa llevó las maletas hasta la entrada y esperó, amable, a que terminara de tomar el suero que me preparó para despedirse.

Caminé entre palmeras hasta llegar a la playa. Los colores del mar vibraban tal como los describiste. Avancé hasta tocar el agua. La brisa del mar se mezcló con la sal de mi sudor, y sin darme cuenta, estaba ahí, frente al mar que te enamoró. Mis lágrimas se fundieron con ese mar, el mismo que sin reparo te acogió en su profundidad.

Mi mente quería gritar. Había pensado en todos los reclamos que le haría, pero no pude. Las olas suaves rodeaban mis piernas. La paz que traían a mi cuerpo era una forma de redimir mi dolor.

No sé cuánto tiempo estuve frente a él. Majestuoso. Calmo. Unidos por ti.

La marea empezaba a subir. Tus compañeros rompieron ese trance para llevarme a la palapa que habitaste durante tres meses. Tus cosas están tal como las recordaba por la fotografía que me enviaste. Ahí estaba la selfie que me mandaste: radiante, envuelta en esa luz que entraba por la ventana. La misma luz que hoy se filtra suavemente y me invita a pasar.

Recorro con la mirada cada centímetro de esta habitación, buscándote en tus cuadernos, en tu ropa, en el silencio que inunda y me sofoca.

Ahí me quiebro. Abrazo tu ropa. Tu almohada aún huele a jazmín y miel. Me aferro a ella como si pudiera sentir tu calor. No estás. Tu presencia es solo una ilusión que mi mente recrea con momentos pasados. Tus manitas buscando mi pecho para comer. Tus ojos llorosos por los relámpagos. El raspón en la rodilla cuando te caíste del triciclo. Tu cara de miedo el primer día de menstruación. Tú enamorada. Tú emocionada. Tú corriendo para abrazarme. Tú.

Mi cuerpo desmadejado pide que me levante. Salgo de esa luz que ahora me molesta.

Afuera están todos, esperándome para llevarme a comer.

La idea de ti empieza a tomar forma. Las vivencias de cada uno, tu altruismo, tu bondad, tus ganas de cambiar el mundo. Llegaste ahí como una ráfaga de viento, queriendo abonar nuevas ideas para ajustar el rumbo del voluntariado. Lucía, tu jefa, no podía ocultar la emoción por aplicar cada una de ellas lo más pronto posible.

Comimos y reímos. Tu esencia, siempre positiva, nos envolvía a todos. El tiempo pasó tan rápido que no me di cuenta cuando llegó el policía. Había llegado la hora de ir por ti.

Don Rafa estaba listo. No quiso que me fuera en la patrulla. Lucía me acompañó. Tomadas de la mano, entramos a la delegación. El frío que recorrió mi cuerpo no lo puedo describir. Mis piernas no respondían.

—Marisol Tapia.

Abrieron la plancha. Y ahí estabas. Mi niña. Mi bebé. Vacía. Sin esa luz que siempre te envolvía. Con los ojos sellados. Las manos cubriendo tu pecho. Abracé tu cuerpo inerte. La voz condescendiente del doctor rompió el silencio; solo había esperado que yo te reconociera para cerrar el caso.

No recuerdo cómo salí de ahí. Ni quién me separó de ti. Mi cabeza giraba como si me hubiera adentrado en un espiral infinito. Volvimos a la palapa. No sé cómo, ni cuánto tiempo pasó.

Después de un par de horas, salí. Le pregunté a él qué había visto en ti para enamorarse, y en ese instante de quietud nocturna, te vi. Tu figura, frente a mí. Levantaste el brazo para decirme adiós.

Mi luz también se apagó contigo. Ya no era la misma. La mujer que fui contigo, quedó ahí, mirando el mar.

Las noticias anunciaban que una mujer de veinticinco años había sido encontrada ahogada frente al mar. Sin rastros de violencia. Su cuerpo fue devuelto por el océano un 22 de junio, a las 4 de la mañana. Sus compañeros de voluntariado reportaron haberla visto nadando la noche anterior, a las 9 p.m. No regresó a dormir.

No hubo caso. No había nada que investigar.
Te habías enamorado de ese mar que se fundió contigo, una noche de verano.

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