La mujer detrás de la firma

Recuerdo que, durante mi época escolar, mi mamá tenía que firmar mis tareas. Supongo que era una manera en que las maestras pedían una prueba de que alguien supervisaba el trabajo en casa. Mi mamá revisaba puntualmente cada hoja y plasmaba su firma: Edelmira Q. de López.

Años después, cuando se formó el Instituto Federal Electoral —que emitió la credencial para votar con fotografía y que pasó a ser la identificación oficial en México—, su firma cambió: Edelmira Quintanar C. La “C” es de Camacho, el apellido de mi abuela.

Tiempo después, al casarme, recibí un consejo de mi suegra: “Nunca te vayas a poner el ‘de Galván’ en tu nombre”. Ella, que había quedado viuda, me contaba lo difícil que fue retomar legalmente su nombre de nacimiento. En todos sus documentos oficiales, incluido el pasaporte, había desaparecido su apellido materno para dar paso al apellido de su esposo, unido por esa pequeña palabra: “de”. Tras enviudar, recuperar su identidad original fue un proceso desgastante. Su consejo era práctico, pero también me regaló una lección mucho más profunda.

Aun así, durante mis primeros años de casada adopté el “de Galván” en ciertos espacios sociales —sobre todo cuando aparecíamos en algún periódico o revista local—. Lo hice sin cuestionarlo demasiado, siguiendo una costumbre que me parecía normal. Hoy lo miro con otros ojos.

Quiero detenerme en esa palabra: “de”. Un vocablo breve, pero cargado de significado. Indica pertenencia, posesión. Como si la mujer pasara a ser propiedad del esposo en el momento de firmar el acta de matrimonio y recibir la bendición religiosa. Se refuerza así la idea de que las mujeres somos entregadas, cedidas: primero propiedad del padre, después propiedad del marido.

La literatura nos ofrece espejos de estas realidades. En la novela distópica El cuento de la criada, de Margaret Atwood, las criadas son despojadas de su nombre propio. La protagonista se llama Offred —“De Fred”—, pues pertenece al comandante de su casa, Fred. Si cambia de casa, cambia también su nombre. El “de” borra su identidad y la reduce a un vínculo de posesión.

Aunque los contextos sean distintos, la raíz simbólica es la misma: el “de” funciona como recordatorio de subordinación.

En México y en muchos países de habla hispana, esta práctica se normalizó durante décadas en documentos oficiales, invitaciones sociales y avisos en prensa. Era común que en las invitaciones de bodas, bautizos o eventos formales se escribiera únicamente el nombre del hombre seguido de la frase “y Sra.”, como si las mujeres careciéramos de nombre propio e identidad. Esa costumbre, tan cotidiana, reflejaba una cultura que consideraba suficiente con reconocer a la esposa como una extensión del marido.

Hoy, muchas mujeres hemos dejado de usar el “de”, y ese gesto —aparentemente pequeño— significa mucho. Es un acto de resistencia y de recuperación de identidad. Nombrarnos con nuestros propios apellidos es reivindicar nuestra historia y la de las mujeres que nos precedieron; es honrar la genealogía materna que tantas veces se silencia.

El lenguaje nunca es inocente. Ese “de” que parece un simple formalismo social nos habla de siglos de estructuras patriarcales. Cuestionarlo es necesario, pero más necesario aún es elegir conscientemente cómo queremos nombrarnos.

Celebro que nuevas generaciones de mujeres cuestionen estas tradiciones y se nombren desde su propia historia. Algunas recuperan el apellido materno, otras deciden mantener los dos apellidos sin concesiones, y algunas eligen formas distintas de nombrarse. Lo importante es que sea una decisión libre, no dictada por un “de” que simboliza pertenencia.

Porque, al final, no somos de nadie. Somos con otros, pero no de otros.

10 comentarios

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Macrina, gracias por poner el tema.
A mí también nunca me gustó la idea de perder mi apellido y adoptar el “de”, porque siento que es como borrar parte de la identidad propia. En mi caso, cuando evalúe usar el apellido de mi esposo, simplemente no me sonaba natural, no me identificaba con él. Fonéticamente no resonaba conmigo, era como si estuviera usando un nombre que no me pertenecía, como si de pronto me pusieran una etiqueta ajena.

Con el tiempo me di cuenta de lo importante que es sentirte representada incluso en los sonidos de tu nombre; es algo muy íntimo, porque cada apellido tiene un ritmo, una fuerza, una historia, y no todos encajan con nuestra esencia. Por eso me quedé con el mío, porque es con el que me reconozco y me siento auténtica.

Creo que al final se trata de eso: de mantener viva nuestra identidad y de que nuestro nombre refleje quiénes somos, no solo en lo social, sino también en lo más personal y profundo.

Qué bonito texto. Mi mamá también en años recientes ha trabajado en recuperarse como mujer, después de que sintió que su faceta de -mamá- había cambiado ahora que sus tres hijos ya somos grandes, y entre las cosas que ha hecho, dejó el “de Marioni”. Le va a encantar leer esto.

Como me encanta leerlas. Nunca fui de Chico. Y soy con Chico que es muy diferente. Mi mama anulo su Apeido y siempre fue Maris Carpizo. No siquiera de. Como si se fundiera con su marido. Creo que en el fondo hizo que se quedara y se construyera con el. Pero con su gran personalidad no extraño si Apeido. No somos mas que de nosotras y con quien queremos estar.

Te felicito Macrina!!! Me llena de orgullo tu «evolución» hacia la autonomía.
Comparto contigo que cuando me iba a casar, fue una de las condiciones que le puse a mi novio: No usar el «de»; mi razonamiento fue elemental, le dije: «no son una silla, ni una mesa porque no me siento un objeto». Lo cual, al que iba a ser mi compañero durante 42 años, le resultó muy elemental, pero muy válido; tanto como las
otras dos condiciones, que algún día, si viene al caso, te contaré

Muy buen análisis de algo que pareciera tan sencillo pero que encierra connotaciones de gran poder. Gracias por hacerlas notar.
Me encanta la última frase que resume todo: “somos con otros, pero no de otros.”

Ahora con tu texto me doy cuenta que nunca usé el “ de “ tal vez como un acto de rebeldía y de hartazgo al ser educada en una familia machista, mi marido nunca lo cuestionó hasta siento que apoyó mi decisión!
Gracias por ponerle palabras al sentir de muchas mujeres!! Me encantó

FELICIDADES CHARY QUERIDA !!
Escribes muy bonito, ameno y con mensajes que a tod@s nos invita a seguir leyendo hasta el finall.
Mil gracias por compartir este mensaje tan importante de nuestra Autonomía.
Te abrazo con todo mi corazón, que DNS. Te Bendiga SIempre ❤️

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