Sentía esas ganas de llorar que no encuentran salida. Ese vacío que seca la boca y nubla la visión. Quería estar dormida profundamente, como cuando se pierde la noción de la hora, del espacio y de lo que acontece, con ese sueño que ausenta y te lleva a descansar la mente. No quería un sueño que despierte inquietudes, que confunde, que te mantiene en una vigilia a medias. Ese sueño a veces es agradable cuando se está tranquilo, pero no cuando hay inquietud.
Cuando estaba nerviosa, triste o ansiosa, quería dormir como si estuviera muerta. No es que quisiera morir, al menos no todavía. Solo dormir lo suficiente para olvidar un rato la vida, para reiniciarse. Para que, al despertar, sintiera un corte limpio y empezara de nuevo. Aunque con esta tristeza se le hacía que, incluso si lograba conciliar un sueño profundo, al despertar recordaría el dolor y volvería a sentir esa devastación que cala hondo.
Caminaba sola.
No solo por la calle.
Por la vida.
Si había gente a su alrededor, nadie diría que estaba sola. Pero ustedes ya saben de cuál soledad hablo. De esa que, si no la has sentido, entonces nunca has estado contigo de verdad. Era un sentir en soledad, interminable y profundo.
Por ahí alguien se acercó con un honesto “¿cómo estás?”, pero a ella le pareció imposible describir brevemente todo lo que ocurría. Ya no sabía si afuera o en su interior. Delimitar lo que estaba sintiendo de lo que estaba pasando parecía una tarea tan subjetiva que caía en lo irreal.
¿Cómo explicarlo todo?
¿Cómo sin parecer loca, exagerada, sentilona y pesimista?
¿Cómo, si a ella misma le parecía todo fuera de razón y sentido?
Seguía caminando. Una cuadra, unos días, una temporada. En silencio. Observando. El tiempo se hacia lento, elastico y subjetivo. En un dos por tres, ya había acumulado años con la misma sensación.
El cuerpo le pesaba, de un peso no en masa, un peso que no se ve. Ese que pesa más que los kilos. Ese que adormece el espíritu. Un peso más evidente para uno mismo que todo el sobrepeso del mundo.
Por más que intentaba descansar, el cuerpo se volvía más denso, el alma parecía desfallecer. Por más que dormía, más devastación y ausencia tenía. Le costaba trabajo avanzar, todo parecía más lento de lo usual, el aburrimiento invadía todo.
Caminaba en silencio. Poco a poco. Arrastrando los pies, jalando a la fuerza al corazón.
El suelo crujía bajo sus pasos, el viento le despeinaba el cabello y las ideas.
No tenía rumbo definido.
No necesitaba tenerlo.
A veces caminar sin saber a dónde se va es la única forma de encontrarse.
A veces hay que perderse lo necesario, dando espacio a que el corazón se recupere.
A veces, esa es la única forma de regresar.
4 comentarios
Añade el tuyo →Que hermoso “ a veces hay que perderse lo necesario, dando espacio a que el corazon se recupere”. A veces tan necesario. Caminar sola tratando de encontrarte. Y de descubrir que lo tienes dentro
Que inportante es sentir esa soledad en donde conectas contigo y descubrirte
Muchas veces estar perdida es el camino para reencontrar nuestra luz.
Lo sentí, a veces tan mío a veces lejano, pero siempre real.