Niño sicario

¿Qué tiene que vivir un niño de diez años para volverse sicario?

El domingo 22 de febrero los ciudadanos entramos en pánico por los brotes de violencia que surgieron por parte del narco tras la captura y asesinato de “El Mencho”, capo del Cartel Nueva Generación.  En redes sociales vi muchas noticias falsas que solo aumentaron el miedo, también vi otras ciertas y alarmantes. Nada es un hecho pequeño cuando se vive en un país que late violencia. Los mexicanos somos buenos para romantizar todo, hasta el grado de crear una narco cultura, pero no podemos tapar el sol con un dedo y las atrocidades que se viven diario en México gritan más fuerte que cualquier chiste que podamos inventar. 

Por eso hoy dedico estas líneas no a encontrar respuestas, tampoco a hacer una crítica social ni políticas simplemente uso la pluma para sacar lo que no deja de darme vueltas en la cabeza. 

Muchos acontecimientos de ese día los supe por mis amigas de distintos grupos. Algunas andaban en Guadalajara, otras en San Miguel de Allende, otras en Aguascalientes, todas haciendo su vida, y, tras ese momento, preocupadas por su seguridad y la de sus seres queridos. Se nos cayó la venda de los ojos, esa tela delgada a la cual nos aferramos los mexicanos para no ver el monstruo que domina nuestro país. 

Hubo algo que me contó una amiga que, de todo, me impresionó más. Ella es doctora en uno de los municipios de Guanajuato y le tocó estar trabajando cuando sucedieron los narco ataques. Llegó herido un niño de diez años, un niño que a esa corta edad había conocido el dolor de una bala, el dolor del odio, de la avaricia y de la realidad. 

Diez años, nació en 2016, tengo una sobrina de su edad que por nacer en una cuna distinta vive sana, segura y con una plenitud que le permite descubrir deportes, jugar con todo lo que ella quiere, ir a una escuela privada, viajar, bailar con libertad, tener un nombre y ser visible ante la sociedad. 

¿Qué estamos haciendo mal cuando un niño de diez años llega herido al hospital por ser sicario, por dispararle a civiles, por saber usar —¡A SUS DIEZ AÑOS!—, armas de fuego, por tener el corazón roto desde que nació y el alma robada por los que abusan del desamor del que ha sido víctima? 

¿Cuántos así? ¿Cuántas infancias mutiladas? ¿Quién es culpable? ¿Qué tan culpables somos? 

A esos niños que son arrastrados por el narcotráfico les han fallado todos los sistemas —judiciales, políticos, sociales y familiares— y todas las instituciones. Por eso germina en ellos, como mala hierba,  el rencor social, lo hacen su aliado, su hombro de apoyo, su mejor amigo y su escudo porque ante su realidad es mejor sentir rencor que miedo, que hambre, tristeza y desamparo. Porque el rencor les da fuerza para sobrevivir en medio del caos y si nunca se conoce en carne propia el amor, el cuidado, los límites, el bienestar y los valores no existe salvavidas que los recate de la vorágine del narco. 

Los derechos humanos de estos niños desde que nacen están vulnerados. Crecen con papás adictos, sin comida, sin servicios básicos, mucha veces sin actas de nacimiento ni documentos oficiales que los avalen como ciudadanos y, por lo menos, puedan aspirar a ir a una escuela federal, mal equipada con un sistema educativo obsoleto, o a un hospital público sin medicinas. Además, viven escuchando un discurso familiar donde hacerse de lo ajeno y usurpar tranquilidad es válido porque no hay manera de llevar la vida por otro rumbo cuando la realidad les demuestra una y otra vez que no son importantes para nadie. 

Llegan los narcos, como parcas disfrazadas de héroes. Se acercan a ese niño de diez años, a esos miles de niños sumidos en una vida llena de inmundicia, y les dan sentido de pertenecía, les dan dinero para que conozcan lo que es comer tres veces al día y que su mama pueda comprar medicinas. Les dan armas con las que por primera vez pueden hacerse notar, gritar que existen y obligar, obligarnos a mirarlos a los ojos, esos ojos muertos desde que dieron su primer respiro porque nadie estuvo ahí para encender la llama de la vida haciéndolos sentir bienvenidos. 

Estos falsos héroes, para sellar con sangre el pacto, les dan un discurso que justifica usar la violencia sin remordimiento; les refuerzan el argumento que es tan familiar para ellos terminando por echar a andar la máquina de la venganza: infringir dolor para adormecer el suyo. 

Los seres humanos somos seres sociales nos mueve la necesidad de pertenencia para validarnos. Por eso hemos inventado países, gobiernos, religiones, instituciones, clubs de lectura, actividades deportivas, escuelas, es decir todo aquello que nos haga sentir parte de algo mayor que nosotros mismos. Cuando esta necesidad no encuentra cómo satisfacerse llegan los narcos y les dan lo que les hacía falta, en ese punto no hay vuelta atrás. 

Hoy por hoy, no importa que corten la cabeza del Mencho, del Chapo, de Juan, de Pedro nacen miles más. Nunca dejaremos de ser un país gobernado por la violencia y el narcotráfico hasta que los cambios se hagan de raíz y no sólo como ofrenda política para calmar al vecino que se siente Dios. 

Sin duda estas acciones son mejores que “abrazos, no balazos”, pero no podemos quedarnos ahí. Si yo, una ciudadana promedio, alcanzo a dimensionar lo profunda que es la herida, estoy segura que los gobernantes saben aún mejor que la verdadera cura está en garantizar infancias vivas, dignas y visibles; en impedir que existan niños dispuestos —u obligados— a convertirse en «niño sicario».

12 comentarios

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Gracias, Denise. Eres muy «tú» en este texto, como en otros, para dar la versión (una) de la realidad.
Te confieso que leerlo me produjo una reflexión profunda sobre el tema y muchas preguntas más , diferentes- a las tuyas.

Siempre es un gusto leerte. Gracias

Gracias Célica, que placer saber que mi escrito te hizo generar más preguntas. Gracias por leerme. Un beso

Amor siempre me encanta leer lo que escribes. Haces ver la realidad de oro qie estamos viviendo.
Da tanta frustración y coraje porque los que pueden solo se dedican a llenar sus bolsillos.

Retratas la realidad tan cruda tal como es en nuestro querido México, un país secuestrado por la violencia, corrupción e inseguridad, no solo ha ha traspasado a la sociedad, sino también ha corrompido al sistema de justicia, a la clase política y económica. Como sociedad civil no podemos ni debemos rendirnos porque nos han herido en lo más puro e inocente que es nuestra infancia y juventud; ya vulneraron e hirieron nuestro presente, no permitamos que aniquilen nuestro futuro

Como siempre un gusto leerte .
Tu escritura me puso a reflexionar cada guion , me da mucha rabia e impotencia el saber que niños tan pequeños crezcan con tanto rencor y violencia, pero solo lo pienso y mi mente lo suelta, porque desgraciadamente no está en mis manos. Yo tengo un niño de 6 años y para nosotros fue triste y difícil explicar lo que estaba pasando, pero no podemos ocultar esta triste realidad

Gracias por compartir tu escritura , me encanta !!!

Gracias por leerme LuzMa y si es dificil. Tú con tu hijo puedes marcar la diferencia haciéndolo consciente de otras realidades y que no se normalice la violencia. Si es duro tener que explicar a los hijos porqué pasa esto ya que ni nosotros mismos lo entendemos realmente.

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