¿Qué marca la distancia entre la que fui, la que soy y la que seré? Lo escribo sabiendo que quizá a nadie le importe demasiado. Tal vez solo a mí. Está bien que así sea.
Entre esas tres podría trazar etapas: la niña, la joven, y la de hoy, mujer más plena. También podría decir que son distintas maneras de pensar la vida: la que creyó ciertas cosas, la que se fue cuestionando, la que todavía se está formando.
A veces pienso que lo único que mantiene unidas a esas versiones de mí son ciertas imágenes que sobreviven en la memoria.
No grandes acontecimientos.
No decisiones importantes.
Apenas escenas pequeñas que siguen ahí, quietas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellas.
Cada día reúne a esas tres.
La que fui. La que soy. La que seré.
Me gusta pensar en esa continuidad cambiante. No desde lo voluble, sino desde la adaptación a la realidad presente.
Aunque parece que me estoy definiendo, no es cierto. Cada vez me defino menos. Me sorprendo a mí misma. Descubro otras formas de relacionarme con la vida.
Sé que esto quizá tampoco le interese a nadie más que a mí, pero aun así lo escribo, porque quizá escribir sea una forma de no olvidar.
A veces basta una imagen para que todo vuelva. En mi caso, es un piso negro.
De pequeña puedo recordar mi casa, cosas, lugares, objetos. Sé que describir una casa de infancia no es algo particularmente interesante para nadie. Lo sé. No quiero describir esos objetos por cómo eran, sino por lo que significaban, por las memorias que encierran.
Recuerdo esas lozetas cuadradas grandes de mármol negro en la sala y comedor, el lugar donde se recibían visitas, gente querida, gente que me parecía importante. Era el fondo obscuro de unos sillones a donde no se subian los zapatos, de una mesa grande preparada con cuidado, comida hecha con la dedicación de mi mamá para ocasiones especiales. Un pastel, siempre casero, jamás comprado, lleno de velitas.
Ese mismo espacio tenía también música. Ahí sonaba el LP de Las mañanitas en los cumpleaños, el de Carmina Burana un domingo, el de los Bee Gees para bailar. Era el lugar del órgano. Ahí me sentaba a tocar los dos tristes acordes que sabía, imaginando que sí sabía tocarlo. El piso negro enmarcaba tres sillones tapizados con flores barrocas. Mesitas de madera con recuerdos de cada viaje de mi papá. Libreros llenos de discos, aparatos de sonido, la mezcladora, los decks para casetes, el tornamesa.
También era el lugar donde me acostaba en el suelo para sentir el piso frío, refrescarme todavía con la falda del colegio puesta, ya sin zapatos ni calcetines, después de un traslado largo en el auto, con un montón de chiquillos amontonados y sudados.
Sé que todo esto resulta irrelevante para cualquiera que no haya estado ahí. Para mí no.
Ese mismo suelo era también nuestro espacio de juego. Tirados sobre el mármol expandíamos los juegos de mesa, un Quién, un Travesías, un Monopolio, unas cartas. A veces jugábamos a las casitas de rococó, cuidando la esquina propia y brincando a la siguiente. También inflábamos un globo, una pelota implicaba demasiado riesgo, y lo lanzábamos hacia arriba durante largo rato, tratando de que no tocara el suelo, para no perder.
Cortinas de encaje cubrían esos ventanales de herrería pintada, difíciles de abrir. Cristales que no siempre obstruían el ruido de afuera, la vecina enojada, el arrancón de una moto, los camiones, los cláxones.
También estaban las enciclopedias de diez, doce o veinticuatro tomos listas para abrirse en cualquier momento. Era suficiente biblioteca para hacer la tarea o para pasar el rato cuando mis hermanos mayores no estaban. Con aquellas páginas mataba el aburrimiento, un Selecciones del Reader’s Digest o las historietas de Mafalda, que más que cómic eran una cátedra política y social.
Desde ahí, tumbada, veía las molduras de yeso del techo, de las columnas.
Los candiles llenos de luces en espiral de cristales.
Ese piso negro, que seguramente a nadie más le diría nada, no lo he vuelto a encontrar en ningún otro lugar. Seguramente sigue ahí, en ese edificio ahora abandonado. No quiero ir a verlo.
Lo recuerdo brillante, limpio. Probablemente hoy está opaco. Tal vez no es tan grande como existe en mi memoria. Prefiero conservarlo así. No vaya a ser que, al volverlo a ver, se vaya con él todo aquello con lo que lo relaciono.
En mi memoria ese lugar era cálido, limpio, brillante. Reflejaba risas, seguridad, compañía. Así quiero que se quede.
Porque ¿a quién le importa la memoria de unas puertas blancas con cristales biselados arriba, por los que no se podía ver, aunque dejaban pasar la luz?
¿A quién le importa el recuerdo de un piso negro de marmol, de un baño de azulejos amarillos con guinda, otro de azulejos verdes?
Probablemente a nadie. Solo a mí.
Encierran , imágenes de vida que acompañan la primera conciencia.
Cuánto de las memorias que guardamos va ligado a las ideas que construimos alrededor, a la narrativa que sumamos a los lugares.
No se trata de aferrarse al pasado. Se trata de tomar de él lo que enriquece el presente.
Quizá eso sea una nostalgia elegante. Una nostalgia que suma a la vida. A mí me gusta llamarla nostalgia del agradecimiento.
Recordar esas imágenes también tiene algo de volver a mirar los lugares del corazón donde alguna vez fuimos felices con muy poco, con tantita imaginación, en un espacio conocido, con la simple sensación de estar seguros.
Esos momentos, tan simples que parecen insignificantes, terminan siendo regalos que nos acompañan siempre, en cualquiera de las versiones que lleguemos a ser.
Quizá por eso ese piso negro sigue ahí, intacto en mi memoria.
Gracias por leer hasta el final.
Ya que lo hiciste, trae a tu mente alguna imagen feliz de atrás. Si algún día nos encontramos y decides compartírmela, sabré que, aunque no sea importante para mí, lo es profundamente para ti.
3 comentarios
Añade el tuyo →Que hermoso recordar así tiempos con muchas alegrías y porque no, también las menos, ocasiones difíciles. Gracias querida hija de mis entrañas. Te quiero y doy gracias a Dios, por tus dones.
Lumelita. Me encantó tu relato. Volví a revivir esos tiempos tan felices de Isabel la católica.
Es triste ver qué esas casas tan bonitas y limpias con pisos brillantes, ahora estén abandonadas. Pero lo que cuenta son los recuerdos. Gracias por recordarlo.
Un abrazo con cariño para ti y toda tu familia.
Yo estuve ahí!!
A mi también me importa!!
Gracias por traer a mi mente esos momentos, esos regalos que nos acompañan siempre!!
Lugar en donde compartimos tantos momentos felices.
Estoy agradecida por ellos y por ti que nos compartes con tus escritos tan buenos!!
Felicidades